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La pobreza


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No existe ley que pueda suprimir el hambre, ni decreto que pueda llenar los estómagos vacíos, tampoco, normas que puedan cubrir la desnudez de tantos indigentes

Escribe Joan Guimaray Molina [[Periodista y escritor peruano.]]

Nadie ha visto su figura, su semblante ni su rostro. Nadie ha escuchado sus voces, sus gritos ni siquiera sus pasos. Es una silenciosa e invisible enemiga que estruja a la humanidad. Es una temible adversaria que no sabe de asuetos, treguas ni armisticios. No respeta los días de fiesta, las noches buenas, ni las pascuas. No escucha ruegos, súplicas ni ayes; sólo se advierte por el conmovedor semblante de sus propias víctimas que van quedando como esperpénticos seres convertidos en hilachas humanas envueltos en harapos marchando hacia la nada.

Esta batalla que va perdiendo la humanidad, es la batalla más feroz de todas las batallas. Es una lucha contra un adversario sin rostro. Es un combate contra una enemiga cotidiana, ubicua, despiadada y letal. Es la batalla sin regla, sin límite y sin intervalo.

Ya no quedan armas, municiones ni ideas para repeler sus ataques. Ya no quedan recursos para la defensa, ni ánimo para la tenacidad. Todas las humanas trincheras de resistencia, están cayendo bajo el dominio de esta infame enemiga: la pobreza, esa adversaria cotidiana y cruel que no cesa de atosigarnos con su aliento de inanición.

Admitamos con serena hidalguía, que la especie más depredadora y arrogante de la Tierra está perdiendo la más importante y decisiva batalla de la historia. Las grandes fórmulas de los demócratas ni las geniales ideas de los dictadores no han dado resultados. Sus altisonantes cumbres y ostentosas declaraciones, sólo han quedado en rimero de papeles inservibles. Mientras tanto, en las megalómanas ciudades del planeta, esta letal ‘bomba de neutrones’, sigue arrasando cientos y miles de vidas humanas.

Desde oriente y occidente, se escuchan cual lánguidos ecos en el desierto, los lastimeros ayes de legiones de famélicos. Desde África y América, se oyen conmovedores quejidos de tosigosos harapientos sin futuro. Encorvados y ojerudos seres se entrecruzan en el mundo sin la esperanza de tierras prometidas: hombres sin la divina alegría de los manás, mujeres sin el piadoso milagro de sus proclamados dioses.

Los teómanos gobernantes al servicio del gran mercado que carecen de políticas demográficas y planes poblacionales, no hacen sino discursear naderías e implementar inutilidades. Sus desatinadas decisiones y sus erráticos dictámenes, sólo contribuyen a generar mendigos y a multiplicar famélicos. Entre tanto, la pobreza ruge, aúlla y amplía su dominio en todos los países.

No existe ley que pueda suprimir el hambre, ni decreto que pueda llenar los estómagos vacíos, tampoco, normas que puedan cubrir la desnudez de tantos indigentes. Por eso, la humanidad está perdiendo la batalla. Sus clases dirigentes ya no tienen ideas dignas de esperanza ni decisiones que conlleven a lograr la gran proeza de derrotar a esta invisible enemiga que con infinita impunidad se pasea por todos los confines del mundo.

El género humano ha renunciado su sagrado deber de pensar, por eso está perdiendo esta batalla. Esta lucha la está perdiendo porque ha delegado a otros, su capacidad de pensar por él. Está a punto de terminar como cómplice y víctima de su propia derrota, por distraerse con los engañosos encantos de la fría y deshumanizadora tecnocracia. De modo que por desviarse del itinerario que conduce a la civilización, está acorralado e inerme luchando en la cornisa del abismo. Y, por confundir el propósito de la vida, está condenado a soportar eternamente el peso de su propio calvario. Pues el hombre que apenas piensa en su deglutidor estómago y que con dificultad balbucea el idioma, aún no sabe que todo lo que divierte a los ojos y todo lo que distrae a los oídos, no son sino, meros medios naturales que entretienen la atención, paralizan la mente y generan miseria, pero que poco o nada ayudan a escapar de las garras de la pobreza, de esta inefable enemiga a la que sólo se puede derrotar con el supremo poder del pensamiento.

Entendámoslo de una vez por siempre: la pobreza está en nuestra cabeza, se cobija en nuestra mente, camina con nosotros, germina en nuestros sueños, se alimenta de nuestra ignorancia y se multiplica al placer de nuestro instinto, por eso no podemos derrotarla. Pues, mientras nuestros sinuosos gobernantes sigan viendo la ‘política demográfica’ como políticamente incorrecto, en tanto, nuestro crecimiento demográfico sea superior a nuestro crecimiento económico, y si nuestro índice de crecimiento económico continúe siendo inferior a nuestra tasa de natalidad, jamás podremos vencer la pobreza, jamás…

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