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EDUCACIÓN Y JUSTICIA EN EL PERÚ


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 “EN UN PAÍS CON LA EDUCACIÓN QUEBRADA, NADIE PUEDE ADVERTIR QUE LA JUSTICIA NO ES SINÓNIMO DE DERECHO, NI NADIE PUEDE DARSE CUENTA DE ESE GROSERO CONTRABANDO EN EL QUE HACEN PASAR EL DERECHO POR JUSTICIA, CUANDO A LA LUZ DEL SANO JUICIO, EL DERECHO Y EL DEBER, SÓLO SON ACCESORIOS DE LA JUSTICIA BASADA EN LA SOLIDEZ DE LA RAZÓN, EN EL FIEL DE LA BALANZA, EN LA DECISIÓN MÁS PURA, EN EL ACTO MÁS ELEVADO, EN LA ACCIÓN MÁS SUBLIME”.

Escribe Joan Gui­ma­ray 

 

Si los pro­fe­sores fue­ran egre­sa­dos de las ver­da­de­ras Facul­tades de Edu­ca­ción y no de simples cen­tros de ins­truc­ción, las escue­las enseñarían a pen­sar a los niños y los ado­les­centes sabrían lo que signi­fi­ca la edu­ca­ción y apre­ciarían la ven­ta­ja de ser edu­ca­dos. Y si las auto­ri­dades del sec­tor proyec­ta­ran desde el car­go que osten­tan, la pul­cri­tud de sus conduc­tas, la caden­cia de sus dis­cur­sos y el brío de la razón, serían sufi­cientes señales de garantía para la edu­ca­ción del país, porque la ciu­da­danía vería en ellos como inexo­rables refe­rentes, conduc­tores pre­mu­ni­dos de cono­ci­mien­to e inta­chables líderes con admi­rable sabi­duría.

Pero, qué lejos esta­mos de esa escue­la que pudie­ra enseñarles a nues­tros niños el valor de la edu­ca­ción. Qué dis­tante esta­mos de esos pro­fe­sores que desde las aulas pudie­ran ilus­trarles a nues­tros ado­les­centes la bel­le­za de la jus­ti­cia. Qué ale­ja­dos esta­mos de esas auto­ri­dades que pudie­ran hacer­nos admi­rar exhi­bien­do sus grandes vir­tudes, aquel­las de las que habla­ba el vie­jo Platón. Conse­cuen­te­mente, qué leguas de dis­tan­cia esta­mos de una autén­ti­ca civi­li­za­ción, aquel­la en la que pudié­ra­mos ser legí­ti­mos ciu­da­da­nos y ver­da­de­ros huma­nos, y no tan sólo super­iores nean­der­tales con celu­lar en mano bal­bu­cean­do: smartf­hone y tablet, o avan­za­dos cro­ma­gnones reclu­ta­dos por la inter­net y la tele­vi­sión envi­le­ci­da.

Nues­tras escue­las siguen sien­do remo­lo­nas, sosas y pardas.Nuestros maes­tros continúan sien­do jor­na­le­ros lle­nos de apre­mios y sin nociones de la ele­va­da misión que sus labores exi­gen. Nues­tras auto­ri­dades care­cen no sólo del sano concep­to de inter­és social, sino tam­bién, de ideales de ciu­da­danía. Entonces, como resul­ta­do tene­mos una inci­piente civi­li­za­ción donde los edu­ca­dores no son edu­ca­dos y los edu­can­dos no saben qué es edu­ca­ción ni saben para qué se edu­can, porque confun­den la edu­ca­ción con la ins­truc­ción, el rigor con la repe­ti­ción mecá­ni­ca, la razón con la opi­nión de la mayoría, el pen­sa­mien­to con la papor­re­ta y el sano jui­cio con la agre­si­vi­dad.

Desde luego,nos hacen creer en el osten­to­so ‘Minis­te­rio de Edu­ca­ción’ cuan­do lo que esta car­te­ra no hace sino cum­plir un simple papel de Minis­te­rio de la Ins­truc­ción, y nos hablan del ‘Minis­te­rio de Jus­ti­cia’, cuan­do éste no es mas que un media­no Minis­te­rio de Dere­cho. Nin­gu­no hace honor a la deno­mi­na­ción que tiene o el nombre que lle­va. Ni el uno ni el otro, cum­plen sus ver­da­de­ras fun­ciones o sus reales misiones. El ‘Minis­te­rio de Edu­ca­ción’ no edu­ca, sino,sólo ins­truye. No tiene edu­ca­dores, sino, úni­ca­mente ins­truc­tores que no desar­rol­lan las mentes ni esti­mu­lan los pen­sa­mien­tos, por el contra­rio se dedi­can a aplas­tar a los niños que tie­nen mente ágil y se ocu­pan en ado­ce­nar a los pocos ado­les­centes que aspi­ran a pen­sar. Y, el ´Minis­te­rio de Justicia’,es una fal­se­dad gené­ri­ca, una esta­fa contra la fe públi­ca que no admi­nis­tra la jus­ti­cia, ni aspi­ra a encar­garse de esa ele­va­da misión. Lo úni­co que hace es ocu­parse media­na­mente del dere­cho, de ese dere­cho imper­fec­to y sinuo­so que en muchos casos resul­ta contra­rio a la jus­ti­cia porque los abo­ga­dos que hacen de magis­tra­dos no son egre­sa­dos de las Facul­tades de Jus­ti­cia como debie­ra, sino sim­ple­mente de Dere­cho, facul­tad en la que no han sido adies­tra­dos en el ver­da­de­ro concep­to de la jus­ti­cia ni han sido capa­ci­ta­dos en el rigor de la pro­bi­dad ni en las nociones de la impar­cia­li­dad. Por eso, los juz­ga­dos y salas —con algu­nas hon­ro­sas excep­ciones— están ati­bor­ra­dos úni­ca­mente de seres nes­cientes con exi­gua pre­pa­ra­ción en el dere­cho y abso­lu­ta­mente igna­ros en asun­tos de jus­ti­cia. Muchos de ellos son oli­go­fré­ni­cos por natu­ra­le­za y pusilá­nimes por conve­nien­cia. Otros tan­tos, no son sino bri­bones mer­ce­na­rios con títu­lo de juez y delin­cuentes ava­la­dos por ese mal llamado‘ministerio de jus­ti­cia’.

Por toda esta ver­gon­zo­sa e ino­cul­table realidad,parece como que la edu­ca­ción estu­vie­ra aún en las manos de los sofis­tas como en la vie­ja Gre­cia, con la dife­ren­cia de que aquel­los por lo menos eran talen­to­sos en el dis­cur­so y dies­tros en la ora­to­ria, y no eran tan gro­tes­ca­mente ordi­na­rios como los de este país. En tan­to que la Jus­ti­cia, parece estar dete­ni­da en el tiem­po. Como que aún estu­vie­ra vigo­ro­sa­mente vigente el anti­quí­si­mo pen­sa­mien­to de Simó­nides y Pole­mar­co, cuan­do hace aproxi­ma­da­mente dos mil tres­cien­tos años, ambos creían que la jus­ti­cia era el arte de esca­mo­tear para bien de los ami­gos en per­jui­cio de los ene­mi­gos, con la úni­ca dife­ren­cia de que en el Perú de hoy, los ope­ra­dores esca­mo­tean por dine­ro y sim­patía.

Cla­ro que todo esto no es mas que el resul­ta­do del fra­ca­so de la edu­ca­ción y el colap­so de la escue­la, cuyas aulas no han hecho sino optar por la ins­truc­ción uti­li­ta­ria dejan­do de lado la enseñan­za de la sabi­duría. Por eso, entre sus pro­gra­mas no existe un cur­so o una asi­gna­tu­ra que a los estu­diantes les motive a pen­sar con algo de pro­fun­di­dad, a razo­nar con algo de esfuer­zo e ima­gi­nar con algo de reflexión. Los currí­cu­los están diseña­dos sim­ple­mente para ocu­parse de una media­na ins­truc­ción.

De mane­ra que, quienes egre­sa­ron de una escue­la que no les motivó a pen­sar con rigor desar­rol­lan­do la agu­de­za, es impo­sible que pue­dan enten­der la vigo­ro­sa fuer­za de la edu­ca­ción y adver­tir el espí­ri­tu de la jus­ti­cia. Y, si la edu­ca­ción no cum­plió con des­per­tar la dor­mi­da concien­cia de los niños,y si a los ado­les­centes la escue­la no les enseñó a subir los pel­daños de la res­pon­sa­bi­li­dad para que cuan­do grande se inser­ten al mun­do de los adul­tos, es impo­sible la exis­ten­cia de ver­da­de­ros ciu­da­da­nos cono­ce­dores no sólo de sus dere­chos y cum­pli­dores de sus deberes, sino, ante todo y sobre todo, con cla­ras nociones de jus­ti­cia. Porque al fin y al cabo, la edu­ca­ción es la que desar­rol­la la bel­le­za de esa vir­tud en los hombres. La edu­ca­ción es el úni­co cami­no que conduce a los pre­dios de la jus­ti­cia. Y, es ella, la úni­ca que logra ilu­mi­nar la dimen­sión de su natu­ra­le­za, la per­fec­ción de su espí­ri­tu que ema­na de dis­tri­buir a cada cual lo que le cor­res­ponde y a cada quien con equi­va­len­cia a su mere­ci­mien­to.

En conse­cuen­cia, en un país con la edu­ca­ción que­bra­da, nadie puede adver­tir que la jus­ti­cia no es sinó­ni­mo de dere­cho, ni nadie puede darse cuen­ta de ese gro­se­ro contra­ban­do en el que hacen pasar el dere­cho por jus­ti­cia, cuan­do a la luz del sano jui­cio, el dere­cho y el deber, sólo son acce­so­rios de la jus­ti­cia basa­da en la soli­dez de la razón, en el fiel de la balan­za, en la deci­sión más pura, en el acto más ele­va­do, en la acción más sublime. Pero en un mun­do que ha renun­cia­do a su capa­ci­dad de pen­sar, reflexio­nar y medi­tar, es difí­cil que hayan seres preo­cu­pa­dos por la jus­ti­cia y es impo­sible que exis­tan hombres jus­tos des­garrán­dose por su autén­ti­ca esen­cia, y sim­ple­mente, porque la edu­ca­ción no les des­pertó la concien­cia dor­mi­da, ni les agi­lizó la mente ale­tar­ga­da, conse­cuen­te­mente, no entien­den de que en resu­men y sín­te­sis, la jus­ti­cia no es sino el divi­no resul­ta­do del coti­dia­no ejer­ci­cio del ser consciente.

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