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FAMILIA DESMEMORIADA


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Cuen­to sobre el Perú

 

Escribe Joan Gui­ma­ray

Casi hara­pien­to y con estó­ma­go vacío, llegó desde el otro lado del mun­do a la casa de una nume­ro­sa fami­lia. Dijo que tenía hambre y sed. Le die­ron de comer y beber. Dijo que quería tra­ba­jar y estu­diar. Le die­ron tra­ba­jo y edu­ca­ción. Dijo que era hon­ra­do y tra­ba­ja­dor. Entonces, le entre­ga­ron todas las llaves de la casa. Él les miró sólo de reo­jo. Y, mos­trán­doles su asi­mé­tri­ca y extra­ña son­ri­sa, se dis­pu­so a recor­rer por los patios, pasillos, esca­le­ras, habi­ta­ciones, depó­si­tos, sóta­nos, azo­teas y jar­dines.

Lo pri­me­ro que hizo, fue pin­tar, deco­rar y amo­blar el salón de fies­tas. Casi toda la fami­lia le aplau­dió. En el momen­to en que lo estre­na­ban entre músi­ca y tra­gos, él incen­dió la pequeña biblio­te­ca. Libros, revis­tas y valio­sos archi­vos se redu­je­ron a ceni­za. La mayoría de la fami­lia calló. Pre­fi­rió igno­rar que ya no tenía biblio­te­ca. Ape­nas se escu­chó pro­tes­tar algu­nas voces, pero nadie hizo caso.

Más tarde, pintó los pasillos, enceró las esca­le­ras, lim­pió los bal­cones. Y cuan­do la albo­ro­za­da fami­lia loa­ba, ala­ba­ba y endio­sa­ba, él abusó de la inocen­cia de las don­cel­las y enve­nenó el aire que res­pi­ra­ban los niños. Otra vez, alguien advir­tió. Otro pro­testó. Pero los demás pre­fi­rie­ron cal­lar. Decían que él esta­ba orde­nan­do la casa.

Lue­go, pintó la facha­da, arre­gló los retretes y lus­tró los pisos. Los miem­bros de la fami­lia, no sabían cómo agra­de­cerle. Le crea­ron can­ciones, le escri­bie­ron loas de ala­ban­za, le ento­na­ron him­nos de gra­ti­tud. Escu­chó que corea­ban su nombre por todas partes. Y él, inmen­sa­mente feliz: for­ni­ca­ba con las casa­das, mata­ba a los padres, per­se­guía los espo­sos, tor­tu­ra­ba a los hijos y desa­pa­recía a los nie­tos.

Mien­tras una parte de la fami­lia no cesa­ba de endio­sarle, él vendía las joyas de la abue­la, rema­ta­ba los cua­dros del abue­lo, vio­len­ta­ba todas las pure­zas, defor­ma­ba todos los códi­gos, alte­ra­ba el aro­ma de la lógi­ca, conta­mi­na­ba la fra­gan­cia de la esté­ti­ca. Se apo­de­ra­ba de todo cuan­to había de valor en casa. La fami­lia que lo había consen­ti­do, creía que él ya era parte de ella, aunque él, jamás había olvi­da­do su pro­ce­den­cia y nun­ca se había des­li­ga­do de sus raíces. Ni siquie­ra a la casa que la cobi­ja­ba, ni a la fami­lia que le había dado todo, las sentía como suya.

Todo le habían confia­do a él, pero él había ocul­ta­do todo. Ni siquie­ra el nombre con el que se hacía lla­mar, había sido su nombre. Ni la son­ri­sa que mos­tra­ba, había sido ori­gi­nal. Tam­po­co la mujer a la que decía amar, había sido ver­dad.

Un día des­cu­brie­ron en el jardín, fosas lle­nas de cadá­veres. Madres, espo­sas e hijas reco­no­cie­ron res­tos de sus seres que­ri­dos. Entonces, ante la pre­sión de la parte decente de la fami­lia, alegó su inocen­cia chil­lan­do como un mamí­fe­ro eute­rio, pero al final, inclu­so confesó que su ver­da­de­ro nombre había sido Kenya.

A pesar de todo, algu­nos miem­bros de la nume­ro­sa fami­lia seguían creyén­dole. Viva­ban su nombre, cla­ma­ban su inocen­cia, recor­da­ban que él había pues­to orden en la casa. Le agra­decían por haber arre­gla­do el retrete y pin­ta­do la facha­da, pero no recor­da­ban nin­gu­na de sus fechorías. En sus mentes no esta­ban regis­tra­das las conmo­ve­do­ras imá­genes de las víc­ti­mas ni el dolo­ro­so llan­to de los deu­dos. Había sido una fami­lia des­me­mo­ria­da, casi nes­ciente y sin amor pro­pio. Había sido la fami­lia esta­ble­ci­da en la parte cen­tro occi­den­tal del gran pue­blo suda­me­ri­ca­no. Había sido, la fami­lia per­ua­na, él los había lla­ma­do, sim­ple­mente, ‘per­gua­nos’.

Autor: Joan Gui­ma­ray

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