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EL ODIO DE DIOS


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« Severo, constante y sin tregua es el odio de Dios, y no cesará mientras el hombre no haga uso de su sano juicio, y mientras la mujer no decida usar por propia voluntad el poder de ese maravilloso obsequio : el cerebro »

Escribe Joan Guimaray Molina [[Escritor y periodista peruano]]

Las horrorosas criaturas de nuestra especie nacen hablando de Dios y mueren hablando de Dios. Se levantan con sus mugres hablando de Dios y se acuestan sobre sus cochambres hablando de él. Envidian clamando a Dios, calumnian masticando su santo nombre, insultan pensando en su divinidad, estafan pronunciando su autoridad, aconsejan pensando en su poder, saludan creyendo en su ubicuidad, desean desgracias ajenas, esperando su bendición, envían mensajes asustando con su ira, y se despiden proclamando su omnipotencia. Y luego dicen : Dios tarda pero nunca olvida.

Claro, él tarda y jamás olvida. Dios tarda porque odia a todas sus espantosas criaturas, quienes a pesar de que les ha dado el infinito poder del cerebro, no hacen uso de él. Desde luego, odia al político que ejerce el cargo público y que por dedicarse únicamente a la satisfacción de sus propias ambiciones, no se fija en los problemas de las grandes mayorías.

Odia al empresario que en lugar de generar más riqueza con el talento que le ha destinado, lo único que hace es aprovecharse de sus trabajadores y luego despedirlos sin reconocer sus derechos laborales.

Odia al trabajador asalariado que cuando tiene la estabilidad, ya no hace mas que cumplir los días para cobrar, y que sólo trabaja como debiera, cuando es controlado por otro, sin importarle que su puesto depende del éxito y la continuidad de la empresa para la cual trabaja.

Odia al rico que por disfrutar de su riqueza económica no advierte su pobreza espiritual, y cree que en el mundo todos son de su condición y que viven disfrutando de sus opulencias y sus comodidades.

Odia al pobre que sin tener ingresos suficientes ni intentar mejorar su condición de vida, se dedica sólo a procrear hijos y derrochar lo poco que tiene, generando su mayor pobreza y agravando la situación de otros.

Odia al chofer que si no advierte la presencia policial, no respeta las reglas de tránsito ni la vida de los pasajeros y peatones.

Odia al policía que sin hacer honor a su uniforme, siempre está esperando pillarle de cualquier modo al ciudadano, y que en cada intervención no ve otra cosa que la billetera de la víctima o del victimario.

Odia a los periodistas que aparte de escribir y propalar sus monsergas, carecen de hidalguía para decir la verdad, padecen de criterio para informar, y sufren de agudeza para opinar y entrevistar.

Odia al gobernante que por su negra mezquindad y su estulta arrogancia, ningunea a la oposición y subestima sus aportes.

Odia a la oposición que por su abyecta cicatería y su taimada conveniencia, no reconoce los aciertos del gobierno y algunos éxitos de su gestión.

Odia a la derecha que por su ignorancia supina y su descarada conveniencia, no le concede ningún crédito a la izquierda, y que sólo ve en ella, violencia y subversión.

Odia a la izquierda que por décadas permanece petrificada, sin innovadoras ideas dignas de admirar y sin articular nuevos conceptos capaz de convencer.

Odia al profesor que en lugar de desarrollar la mente de los estudiantes y desarrollar los pensamientos, termina por aletargarlos, uniformarlos y aplastarlos.

Odia a la institutriz que sin el menor escrúpulo exige a los niños y niñas, los útiles escolares más de lo necesario, para luego apoderarse de todo.

Odia al necio que discrimina por el color de la piel, por la procedencia del ser, por la condición social, por la creencia religiosa, por la convicción política y por la opción sexual.

Odia al negro que sólo se queja de la discriminación, pero que no hace nada por su superación personal y étnica.

Odia al serrano que cree que con dinero puede comprar los buenos modales y el refinamiento, y que sin saber hablar bien, ni asimilarse como debiera a la vida civilizada y urbana, cholea a otros.

Odia al criollo que sin haber leído un libro ni haber revisado un diccionario, cree que está por encima de los andinos.

Odia al blanco que por su infinita ignorancia y su necia arrogancia, cree que es un mérito el color de su piel.

Odia al religioso que cree que con asistir a la misa, la procesión o el culto, queda liberado de su fétida mugre, aun cuando siga hablando mal del prójimo.

Finalmente, odia al doble y casi al triple odia, a este modesto articulista que al amparo de Vox Populi Vox Dei ha tenido la osadía de violar su santo secreto para revelar su divina verdad a todos los navegantes y náufragos de la inmundicia cotidiana.

Pero le duela, y a quien le doliere, así es el odio de Dios : severo, constante y sin tregua. Ese odio divino no cesará, mientras el hombre no intente hacer uso de su sano juicio. Ese odio santo no tendrá fin, mientras la mujer no decida usar por iniciativa propia, el poder de ese maravilloso obsequio : el cerebro.

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