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CARMÍN DE LIMA


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Historias Latinas


« Desde la lejanía de su autoos­tra­cis­mo, me escri­bió a tra­vés de ese odio­so cajón elec­tró­ni­co, para expli­carme que hur­gan­do en las entrañas de la red me aca­ba­ba de des­cu­brir, y decía que me reco­nocía como uno de los suyos… »

Escribe Joan Gui­ma­ray Moli­na [[Escri­tor y per­io­dis­ta per­ua­no]]

Hace poco he cono­ci­do a una dama. Sí, a una dama la he cono­ci­do no hace mucho. Supon­go que a la hora de arti­cu­lar el salu­do me mos­tró la mejor de su son­ri­sa. Ima­gi­no que me alum­bró el ros­tro con el refi­na­mien­to digno de sus modales. Pero aunque parez­ca inve­rosí­mil, yo no le extendí la mano para estre­char­la con la suya, ni ella me ofre­ció su mejilla para sel­larle mi afec­to. Creo que cuan­do la fami­lia­ri­dad late a dis­tan­cia y la afi­ni­dad se per­cibe a legua, los códi­gos conven­cio­nales y los esque­mas consue­tu­di­na­rios son per­fec­ta­mente pres­cin­dibles.

Pues, he cono­ci­do a Car­men de Zara­go­za, una dama limeña y pue­blo­li­bri­na que se ha hecho ara­go­ne­sa. No por que ella haya que­ri­do, ni porque la vani­dad le haya obli­ga­do ; sino, por cir­cuns­tan­cias de la vida, por la arbi­tra­rie­dad del des­ti­no, por las pul­sa­ciones del corazón y las incli­na­ciones del alma.

No sien­to su ausen­cia, ni me extra­ña su silen­cio. Tam­po­co me entris­tece el vacío que ha deja­do en su natal Pue­blo Libre, porque yo nun­ca supe de su exis­ten­cia. Y, me ale­gro de que se haya mar­cha­do sin que la cono­cie­ra. Cele­bro por lo que haya cru­za­do el Atlán­ti­co sin que yo supie­ra de ella. Porque de haber­la cono­ci­do, hoy estaría recor­dan­do el color de sus ges­tos, extra­ñan­do el aro­ma de sus ironías y evo­can­do la dimen­sión de su gene­ro­si­dad.

Pero aho­ra, pien­so que la conoz­co, creo saber de ella, inclu­so, sien­to que es una gen­til dama que conoce los reco­dos del des­ti­no por donde los huma­nos tran­si­ta­mos sin medir la dis­tan­cia exac­ta de nues­tro des­ti­no. Porque desde aquel­la tibia maña­na de pri­ma­ve­ra en que leí su pri­me­ra ciber­mi­si­va, ella no ha deja­do de expre­sarme su constan­cia y su encan­to. No ha cesa­do de ale­grarme la exis­ten­cia y entris­te­cerme el áni­mo con la mix­tu­ra de sus men­sajes : unas veces con la voz de una novi­cia, en otras, con el regis­tro de una sopra­no, y en oca­siones, con la ter­ne­za de una aeda.

Algo me dice que si nos hubié­se­mos cono­ci­do en esta hor­rible ciu­dad, estas oscu­ras calles serían más cla­ras, las par­das vere­das per­ma­ne­cerían exen­tas de som­bras, las frías pla­zas no estarían reves­ti­da de negru­ra, y los ago­ni­zantes parques no ten­drían alien­to de moho, porque nues­tros pasos se hubie­ran sen­ti­do por todas partes. Nues­tra conver­sa­ción hubie­ra sido en voz alta y habría­mos habla­do de cosas sin fin en vir­gi­nales tardes sin hori­zontes.

Las nor­mas del des­ti­no y los capri­chos de la vida, hicie­ron que ella me des­cu­brie­ra ya estan­do lejos, y muy lejos. Entonces, desde la lejanía de su autoos­tra­cis­mo, me escri­bió a tra­vés de ese odio­so cajón elec­tró­ni­co. Me expli­ca­ba que hur­gan­do en las entrañas de la red me aca­ba­ba de des­cu­brir. Y, decía que me reco­nocía como uno de los suyos. Sí, como una de las hojas que per­te­ne­cen a la mis­ma rama y como una de las astillas que per­te­ne­cen al mis­mo tron­co. Pues yo admití con la sere­ni­dad de un civi­li­za­do misán­tro­po que nun­ca fre­cuentó ni siquie­ra a su pro­pio linaje. Pero reco­nocí en ella, la sobe­ra­na sin­gu­la­ri­dad de mi ascen­den­cia. Entonces, una sere­na ale­gría recor­rió por los riba­zos de mi mar­tilla­do hemis­fe­rio y una seca emo­ción me cubrió la exis­ten­cia.

Así que, he cono­ci­do a Car­men Sán­chez Gui­ma­ray. La Eurí­dice limeña que se fue amar­te­la­da de un Orfeo zar­go­za­no. La roja Carmín per­ua­na cau­ti­va­da por un cha­petón español. Una leja­na dama que aho­ra me parece más cer­ca­na y que fir­ma sus cor­res­pon­den­cias con aro­ma de Carmín. Esa dis­tante mujer que desde legua parece mirarme de frente y hablarme sin titu­beos, y por quien brin­do con la copa más dulce de la coti­dia­ni­dad : es mi pri­ma.

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