Elecciones en el Perú: UN DELATOR EN EL AQUELARRE DE E-KEIKO
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Escribe Joan Guimaray
La camioneta no era del tío Santiago. No era la que el grupo Colina usó en el trabajito de Los Barrios Altos. Aunque mucho se parecía por los macizos neumáticos y por las lunas polarizadas. Al interior de ella llegaron a la cima del pueblo Lomo de Corvina. La camioneta se estacionó cerca a los basurales de un terreno destinado para el parque. Al rededor divisaron interminables casitas de esteras, cuyas techumbres de plástico y calamina soportaban la menuda garúa. Era el mes morado. Apenas había empezado el invierno de la primera década del nuevo milenio.
—No me gusta nada de esto —dijo, Keiko arrugando el rostro, un poco fastidiada, y mirando las cajas de atunes y paquetes de galletas.
—Es una tarea que estas obligada a cumplir —advirtió, Rafo exhibiendo sus perennes e inocultables ojeras.
—Y ¿si no gano las elecciones? —preguntó muy dudosa.
—Habrás cumplido con intentarlo ¿no? —respondió secamente.
—No quiero exponerme a que la gente me grite ladrona, asesina o mala hija.
—Ten presente que el plan no es mío —advirtió, otra vez.
—¡Pero hasta cuándo voy a obedecer a este mafioso! —enfureció, ella.
—Hasta que queden libres él y tu padre —respondió, él.
—¿Sabes? Tengo miedo —dijo empequeñeciendo sus rasgados ojos.
—No tienes por qué. Todo está planificado —infundió confianza.
Poco a poco la conversación fue inquietándole a Kenyi que había estado abrigado con su gruesa casaca impermeable y repantigado en el asiento trasero de la camioneta.
—¿Qué es lo que está planificado? —preguntó, con su voz balbuceante.
—Todo lo que estamos haciendo, Kenyi —respondió, Rafo con voz paternal.

French
Cela sent le cliché. Elle était sans travail, et avait commencé à garder mes enfants un jour de grand hiver : elle n’avait pas de manteau. Croyant lui rendre service, je la présentai quelques mois plus tard à une autre famille, où elle devait garder d’autres enfants que les miens. Mais, d’une anicroche à l’autre, ça ne passait pas. « Ces gens-là, me disait-elle plus ou moins, ne me respectent pas. Chez vous, j’aime le travail, mais eux, ils me prennent ma dignité ». Alors elle, elle qui était presque sans travail, elle leur déclara un jour qu’entre elle et eux, ce n’était pas possible. C’est une dignité du genre de la sienne que je m’étonne ces jours-ci de ne pas voir plus répandue ou plus manifeste parmi nous, et qui me fait penser que l’honneur de l’Université est depuis longtemps perdu — à moins qu’il n’ait jamais existé que dans l’esprit de quelques-uns.
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