Archive for March, 2008

EL ODIO DE DIOS

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« Severo, constante y sin tregua es el odio de Dios, y no cesará mientras el hombre no haga uso de su sano juicio, y mientras la mujer no decida usar por propia voluntad el poder de ese maravilloso obsequio : el cerebro »

Escribe Joan Guimaray Molina [[Escritor y periodista peruano]]

Las horrorosas criaturas de nuestra especie nacen hablando de Dios y mueren hablando de Dios. Se levantan con sus mugres hablando de Dios y se acuestan sobre sus cochambres hablando de él. Envidian clamando a Dios, calumnian masticando su santo nombre, insultan pensando en su divinidad, estafan pronunciando su autoridad, aconsejan pensando en su poder, saludan creyendo en su ubicuidad, desean desgracias ajenas, esperando su bendición, envían mensajes asustando con su ira, y se despiden proclamando su omnipotencia. Y luego dicen : Dios tarda pero nunca olvida.

Claro, él tarda y jamás olvida. Dios tarda porque odia a todas sus espantosas criaturas, quienes a pesar de que les ha dado el infinito poder del cerebro, no hacen uso de él. Desde luego, odia al político que ejerce el cargo público y que por dedicarse únicamente a la satisfacción de sus propias ambiciones, no se fija en los problemas de las grandes mayorías.

Odia al empresario que en lugar de generar más riqueza con el talento que le ha destinado, lo único que hace es aprovecharse de sus trabajadores y luego despedirlos sin reconocer sus derechos laborales.

Odia al trabajador asalariado que cuando tiene la estabilidad, ya no hace mas que cumplir los días para cobrar, y que sólo trabaja como debiera, cuando es controlado por otro, sin importarle que su puesto depende del éxito y la continuidad de la empresa para la cual trabaja.

Odia al rico que por disfrutar de su riqueza económica no advierte su pobreza espiritual, y cree que en el mundo todos son de su condición y que viven disfrutando de sus opulencias y sus comodidades.

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LA POLÍTICA Y LA GLOBALIZACIÓN

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« Apreciar o desestimar las decisiones políticas impuestas en países vecinos, no es invadir las soberanías ni inmiscuirse en asuntos internos de otros ; pues eso es sólo, el ejercicio de la soberana libertad de opinión en un mundo interconectado »

Escribe Joan Guimaray Molina*

Nuestros políticos latinoamericanos de hipocresía agraciada, marchan al compás de las generosas melodías de la globalización. Se despiertan cotidianamente con el toque de su diana. Gozan de sus bondades, hablan de sus ventajas, sonríen amartelado de sus encantos. Aseguran que las fronteras ya no existen, que el mundo es una aldea donde todo está globalizado, que nadie puede sustraerse de ella, y quienes no dejan llevarse por la corriente, son retardatarios, retrógrados y caviares.

De modo que, pontifican sobre la interconexión mundial del comercio, de la información, de la instrucción y de muchas otras cosas más. Dicen que lo importante es la calidad de los productos, la idea de la competitividad y la excelencia del ser. Explican, sobre el libre mercado, reiteran sobre libre comercio, y las transacciones económicas a través de un simple clic : de un mundo a otro mundo, de un país oriental a otro occidental. En suma, dicen que nada ni nadie ya es ajeno a un todo, y porque en la aldea global, todos son parte de ella.

Entonces, cualquiera se la cree y queda maravillado de la humanidad y admirado del desarrollo de la civilización. Pero cuando algún político de voz disonante comenta o cuestiona las políticas antipopulares de sus países vecinos, o cuando condenan el abuso de los gobernantes sobre sus gobernados vecinos ; entonces, los felices políticos de la aldea global salen a mostrarnos sus verdaderos rostros : se envalentonan alegando sus ‘independencias’, saltan furiosos hablando de sus ‘soberanías’, lloriquean quejándose de la injerencia externa en asuntos ‘internos’. Y lo más patético de todo, se envalentonan, saltan y lloriquean sin que físicamente le hayan invadido sus países o sus territorios. Desde luego, nos inquieta a preguntarnos : ¿no era que en la aldea global todos éramos parte de un todo ?

Claro está que la globalización no es una opción ni una alternativa, sino una realidad ineluctable, para la cual, las clases políticas latinoamericanas deberían de estar mejor preparadas que los propios ciudadanos. Los gobernantes de turno debieran de actualizar sus ideas e innovar sus conceptos al ritmo que exige la interconexión mundial, a fin de evitar de hacer el ridículo, exhibiendo sus vergonzosos paralogismos y sus indigencias intelectuales. Pues, en la civilización actual, ningún ciudadano con un poco de sensibilidad, puede dejar de opinar o indignarse cuando sabe que su vecino maltrata a sus hijos o a su esposa. Y, en circunstancias como la de nuestro tiempo, ningún ciudadano de a pie, puede dejar de pronunciarse cuando al pasar por una calle cualquiera, advierte que del interior de una casa se escuchan gritos de niños y llantos de mujer.

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La pobreza

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No existe ley que pueda suprimir el hambre, ni decreto que pueda llenar los estómagos vacíos, tampoco, normas que puedan cubrir la desnudez de tantos indigentes

Escribe Joan Guimaray Molina [[Periodista y escritor peruano.]]

Nadie ha visto su figura, su semblante ni su rostro. Nadie ha escuchado sus voces, sus gritos ni siquiera sus pasos. Es una silenciosa e invisible enemiga que estruja a la humanidad. Es una temible adversaria que no sabe de asuetos, treguas ni armisticios. No respeta los días de fiesta, las noches buenas, ni las pascuas. No escucha ruegos, súplicas ni ayes; sólo se advierte por el conmovedor semblante de sus propias víctimas que van quedando como esperpénticos seres convertidos en hilachas humanas envueltos en harapos marchando hacia la nada.

Esta batalla que va perdiendo la humanidad, es la batalla más feroz de todas las batallas. Es una lucha contra un adversario sin rostro. Es un combate contra una enemiga cotidiana, ubicua, despiadada y letal. Es la batalla sin regla, sin límite y sin intervalo.

Ya no quedan armas, municiones ni ideas para repeler sus ataques. Ya no quedan recursos para la defensa, ni ánimo para la tenacidad. Todas las humanas trincheras de resistencia, están cayendo bajo el dominio de esta infame enemiga: la pobreza, esa adversaria cotidiana y cruel que no cesa de atosigarnos con su aliento de inanición.

Admitamos con serena hidalguía, que la especie más depredadora y arrogante de la Tierra está perdiendo la más importante y decisiva batalla de la historia. Las grandes fórmulas de los demócratas ni las geniales ideas de los dictadores no han dado resultados. Sus altisonantes cumbres y ostentosas declaraciones, sólo han quedado en rimero de papeles inservibles. Mientras tanto, en las megalómanas ciudades del planeta, esta letal ‘bomba de neutrones’, sigue arrasando cientos y miles de vidas humanas.

Desde oriente y occidente, se escuchan cual lánguidos ecos en el desierto, los lastimeros ayes de legiones de famélicos. Desde África y América, se oyen conmovedores quejidos de tosigosos harapientos sin futuro. Encorvados y ojerudos seres se entrecruzan en el mundo sin la esperanza de tierras prometidas: hombres sin la divina alegría de los manás, mujeres sin el piadoso milagro de sus proclamados dioses.

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